Chad Oliver & Charles
Beaumont
Claude Adams se
detuvo en las ruinas colapsadas de la ciudad y dejo caer arena a través de sus
dedos, notando con aprobación que sus manos estaban firmes. Enderezó su cabeza
y escuchó.
No había nada.
Una pesada
brisa empujó arena a través de las pilas de chatarra que una vez habían
albergado una poderosa civilización.
Claude llamó;
pero no con desesperación sino con una frialdad científica que encontró
singularmente admirable, bajo las circunstancias.
- ¡Hola!.
¿Puede alguien escucharme? ¿Estoy sólo?
Sólo estaba el
viento, y la arena.
- Estoy solo -
concluyó Claude, sin decepcionarse -. Bien.
Lo había sabido
por algún tiempo, hasta ahora. Él, Claude Adams, era el Último Hombre en el
Mundo. Lo pensó en las apropiadas letras mayúsculas, y el simbolismo le
interesó.
Caminó hacia la
máquina que había construido y la miró con un ojo crítico. Un poco descuidada
en los bordes, tenía que admitirlo. Una bagatela mohosa en cuanto a los
controles, quizás. Aún así no era una pieza cuya construcción fuese
despreciable.
Tendría que
usarla; le dijo su lógica inflexible.
No era, por
supuesto, que estuviera orgulloso de las multitudes, o algo por el estilo. De
hecho, el siempre tendió hacia un tipo solitario de existencia. Como fuese, él
era un creyente de la moderación. Era bueno ser abandonado a sus propios
recursos y todo eso, pero había límites.
Frunció el
entrecejo hacia su máquina.
El problema
estaba fácilmente manifestado: él era el Último Hombre en el Mundo, sólo en un
desierto de arena, arbustos y ruinas. Estaba, por decirlo así, al final de la
atadura del tiempo. Para resolver este dilema, debería entrar a su máquina y
viajar hacia atrás en el tiempo hasta que encontrara a alguien.
No cualquiera,
por supuesto.
Pero alguien.
- Quien duda -
observó Claude - está perdido.
Cuadró sus
hombros y trepó hacia su máquina rectangular. Sus dedos sensitivos movieron los
diales. Se sentó y tomó una edición de bolsillo de las Físicas Teóricas
Avanzadas de Shoogly, con las que esperaba divertirse en su ruta a través del
tiempo.
Hizo un ademán
de adiós con la mano.
Apretó el botón
rojo.
La máquina se
detuvo.
Claude bajó el
libro, se paró y bostezó. Él vió el indicador temporal, preguntándose cuando
estaba.
- Dos millones
antes de Cristo - leyó.
No entró en
pánico. Se sentó, llenó su pipa y la encendió. Fumó hasta estar muy calmado.
- Materiales de
posguerra de pésima calidad - dijo Claude -. Deben de haber sobrepasado el
período de gracia de la marca.
Activó el
portal y salió al exterior. Un cálido sol y brisa suaves, placenteras, lo
saludaron. Estuvo parado en un inmenso campo verde, salpicado con flores. Tomó
una inspiración profunda y sonrió.
- Un montón de
años - meditó. Golpeó ligeramente su pipa en su bota -. Yo soy ahora, más allá
de duda, el Primer Hombre en el Mundo.
El se sentó en
el fragante pasto y se estiró. ¿Cómo podía sobrellevar uno ser el Primer Hombre
en el Mundo? No estaba todavía seguro. El simbolismo del momento no se le
escapó. Más, aparte de reposar ante los rayos de sol y sentirse significativo,
¿qué había ahí por hacer para él?
Su ensueño fue
perturbado por un sonido raspante del otro lado de su máquina. Claude se paró
con desacostumbrada presteza.
- Buenos cielos
- dijo él.
Un ser lo
confrontó. Lastimeramente, eso agarró sus manos y las juntó en afán de súplica.
Eso se movió de nuevo, sus mecanismos rechinando horriblemente.
Claude examinó
el objeto con interés. Eso era humanoide en apariencia
- Aún soy el
Primer Hombre en el Mundo - dijo.
El sonoro
humanoide indudablemente suponía ser una hembra. Ella estaba conmovedoramente
oxidada y varias de sus planchas estaban dobladas. Su piel colgaba.
negligentemente en su metálica estructura. Sus ojos eran apagados y su pelo era
un desastre fundido.
- ¿Robot? - se
preguntó - ¿o androide? Claramente eso tiene una base mecánica, pero
imperceptiblemente parece ser una mujer.
La cosa rechinó
a sus pies.
- Brrk -
resolló ella.
Claude no se
permitió a sí mismo ser atrapado por sentimentalismos. Golpeó a la criatura
astutamente en la frente y analizó el bong hueco que siguió al golpe.
- Aceite - dijo
chasqueando sus dedos.
Entró en su
máquina del tiempo y extrajo un tubo de aceite del armario de suministros. Lo
había destinado para su propia máquina, pero aceite era aceite, razonó, y él no
podía abandonar a una dama en apuros.
Además su
curiosidad había sido picada.
Manteniendo un
aire de cínica objetividad, localizó un pequeño agujero detrás de su cuello,
oculto por su pelo fibroso.
Mientras ella
gimoteaba agradecida, él vertió una generosa porción de aceite en su interior.
El resultado
fue instantáneo.
La cosa se
enderezó con alguna gracia y se transformó en una mujer. Ella sonrió y sacó un
peine, pasándoselo a través de su enmarañado pelo. Su piel se estiró sobre su
estructura y sus ojos centellaron
- Brrk -
ronroneó ella, tratando de arrimarse junto a él.
Él la empujó a
un lado.
- La
transformación no esta completa - dijo juiciosamente viéndola con alguna
aversión. - Trata de controlarte a ti misma, mi querida.
Ella se vio decepcionada
pero se recuperó rápidamente. Apuntó hacia el oeste, saltando arriba y abajo,
ansiosamente, en sus recientemente lubricados miembros y le gesticuló para
indicarle que la acompañara.
- ¿Que sigue? -
Requirió Claude del sol y el silencio.
El siguió su retozante forma a través de los
pastizales. Notó que su forma mejoraba a medida que el aceite se introducía en
sus entrañas.
- El amanecer
del Hombre - musitó Claude.
Inesperadamente
escuchó música. Sus entrenados oídos reconocieron positivamente las suaves
melodías de laúdes, infinitamente tristes, infinitamente melancólicas.
Ambos superaron
una leve elevación y ahí estaban ellos. Músicos, sin duda. ¿Pero qué clase de
músicos? Adelante, en un leve claro al lado de un lago quieto, estaba la
asamblea más singular de seres que Claude hubiera visto. Descansaban en
variadas posiciones letárgicas sobre el agradable pasto, como modelos de
relajación.
- ¿Qué es esto?
- susurró Claude - ¿Quiénes son estas personas?
- Brrk - el
brazo del androide subió, aún con una traza de rigidez en la coyuntura del
hombro, y un dedo rechinó apuntando.
Claude miró y
estuvo muy cerca de perder la compostura. Ahí, inclinada precariamente, se
encontraba una nave; su metal desnudo estaba maculado por grandes manchas de
óxido y podredumbre, sus vidrios opacos, oscurecidos. Su alguna vez brillante
pintura desteñida por el sol.
La música
elegíaca parecía temblar levemente; las notas palpitaron libres de los laúdes
en forma de corazón y colgaron brevemente en el aire.
Claude se movió
dirigiéndose hacia el flexible grupo de músicos. Aparte de tonos en la piel que
sugerían algas, estas personas eran muy poco diferentes de los humanos. Tenían
brazos y piernas en el número apropiado. Pero nunca Claude había visto tal
fragilidad palpable; ellos eran como figuras de porcelana.
Claude vigiló
sus propios pasos.
Una voz
silenciosa le habló:
- Saludos.
Claude movió la
cabeza de arriba hacia abajo. ¿Conque telépatas, eh?
Las figuras no
se alborotaron aparte del movimiento de sus graciosamente elegantes dedos sobre
las cuerdas de plata.
La voz murmuró
en la mente de Claude.
- Somos del
planeta al que usted llama Marte.
La música
asumió una tristeza mas profunda. Uno de los hombres verdes sonrió
trágicamente, luego arrancó una florecita y estalló en lágrimas. Otros le
siguieron.
- Estábamos
explorando el sistema solar, cuando nuestra nave cayó en la Tierra. Eso fue
horrible. Ahora estamos aquí.
Claude se
animó.
- ¿Dificultades
mecánicas? - preguntó.
- Si.
Hubiéramos querido continuar de algún modo.
Claude frotó
sus manos.
- Quizás un
poco de anticuada destreza sería lo apropiado.
- No hay
esperanzas, pero eres bueno.
- Vayamos a dar
un vistazo.
Riendo, dos de
los marcianos se levantaron de la loma herbosa. A Claude le pareció que eran
casi transparentes. Se dirigieron a la nave espacial.
- Solo déjenme
hurgar un poco alrededor - dijo Claude y entró.
El interior de
la nave era un laberinto de carretes, tubos, perrillas, diales y antenas.
Claude agitó la cabeza. Entonces notó algo en el nivel mas bajo.
Claramente, era
un horno.
Junto a eso,
estaba un enorme montón de madera.
- Ah - dijo.
Era el aparato más diabólicamente claro que él alguna vez hubiera visto. ¡La
nave era operada con el absurdamente simple - y por lo tanto ingenuo -
principio de combustión externa o combustión espontánea!
La solución
estaba a la mano.
Claude dejó la
nave sonriendo alegremente.
- Logré
repararla, eso creo - comentó.
Tristemente,
los marcianos subieron los escalones. Claude tomó algunos créditos de diez
dólares de su billetera - ¡inútiles ahora! - los hizo pedazos como para
alimentar alguna lumbre. Aplico su encendedor de pipas a los billetes. En unos
momentos había una crujiente llama.
La nave se
estremeció.
Claude volvió
apurado y decidió que mejor cerraba la escotilla de aire por ellos. - Tontos
imprácticos - lanzó una risita sofocada.
Encontró a la
cada vez mas femenina androide esperando por él.
Se dio la
vuelta, pero la nave ya había dejado el suelo.
La voz dentro
de su cerebro estaba imperativamente calmada.
- Terrestre,
nos has brindado un servicio. Los marcianos no olvidan. El androide es tuyo.
Entonces en un
chaparrón de chispas y calor, la nave humeó hacia el cielo.
La mano del
androide tocó la suya.
Él giró hacia
ella y tocó sus hombros. Estos estaban sorprendentemente suaves.
- Te llamare
Eva - dijo.
El simbolismo
no se le escapó.
En la plenitud
del tiempo nació un niño.
Rasgado entre
Caín y Abel, Claude Adams llamó al niño Hijo. El compromiso atacó a su mente
hambrienta de precisión, pero era lo mejor que podía hacer.
La primera
indicación que ellos tuvieron sobre la forma en que Hijo era de algún modo
diferente, apareció cuando el niño tenía tres meses de edad. Mató a un conejo
al clavarle la vista débilmente con sus ojos acuosos. Esto provocó a Claude
alguna molestia, pero su curiosidad insaciable mantuvo en alto el estandarte.
Comenzó a vigilar de cerca al niño.
Cuando Hijo
comenzó a amamantarse aún mientras Eva estaba a cien yardas de distancia, eso
fue suficientemente bueno para Claude. Hijo era diferente de otros niños que
había conocido.
- Factores Psi
- dijo pisando muy fuerte en el pasto. - Las misteriosas afinidades químicas de
la sangre. Radiación post-atómica. Exposición a la corriente del tiempo.
Alteración de los genes del cromosoma. El chico es un mutante.
Y si que lo
era.
Aún así ellos
tenían a su hijo y lo principal era que estos eran tiempos felices. Gozaban de
la luz solar y los verdes campos y los largos días de verano.
Y las noches.
Eva era
suficiente para enloquecer a un hombre cuando estaba apropiadamente aceitada.
Pero Claude
reflexionó, había una etiqueta de precio en el Paraíso. Debía pagar para jugar
en el Jardín del Edén. La época de paz empezaría a atenuarse y ninguna luna de
miel dura para siempre.
Pequeñas cosas
comenzaron a surgir entre ellos.
Eva empezó a
enfadarse e irritarse y a dormir hasta tarde en las mañanas y a tumbarse a la
bartola en los campos sobre hojas mugrientas. Claude sintió una creciente
inquietud. Se interesó en limpiar su máquina del tiempo y se retiró a su cabina
por largos periodos, fumando su pipa y jugando ociosamente con los diales.
Finalmente
llamó a Hijo a su lado.
- ¿Huyendo
Papa? - comento Hijo a sabiendas, descansando en su reposo a mitad del aire. -
¿Estás zafándote de Mamá?
- En pocas
palabras de eso se trata - admitió Claude. Voy hacia el futuro, Hijo. Quizás
vuelva después. ¿Quisieras venir conmigo?
Hijo rodó
elegantemente en el aire y tocó su mentón con sus codos.
- Ve tu
adelante Papá. Te alcanzaré mas tarde.
- Pero tu no
tienes máquina Hijo.
Hijo sonrió
tolerantemente.
- Yo llegaré
ahí - musitó.
- Niño
resuelto.
Claude hizo sus
preparativos con cuidado. Exactamente doce años desde que pisara por primera
vez los herbáceos campos, él trepó de regreso a su máquina. Su corazón estaba
de algún modo pesado dentro de él.
Tomó el viejo,
largamente vacío tubo de aceite consigo, y hubo una sospecha de humedad en sus
ojos.
Preparó los
diales.
Apretó el botón
rojo por segunda vez.
Hubo una
especie de silbido seguido por rechinidos. La máquina se detuvo.
Claude se movió
hacia el umbral.
- Bueno - dijo
- el siglo veinte si no estoy equivocado -. Miró el indicador temporal.
Estaba
equivocado.
La larga flecha
roja se estremeció ligeramente en el 3042. A.D. Claude frunció el ceño.
-
Condenadamente extraño - murmuró.
La máquina no
podía ser preparada para operar otra vez hasta que se hubiera refrigerado
apropiadamente, por supuesto.
Claude activó
la puerta. Esta resolló neumáticamente hacia adentro, colisionando con un
objeto mas bien informe en la esquina, que Claude supo instantáneamente no
había estado ahí antes.
- ¡Eva!
Ella se levantó
rígidamente de su apretada posición.
- Viaje como
polizona - dijo - ¿fue incorrecto de mi parte, cariño?
Claude sonrió.
- ¿Qué está
equivocado? ¿Qué está correcto? De todos modos estamos aquí.
Ambos salieron
del recinto de la cabina.
El día era un
tumulto de luz solar y brisas vigorizantes. Claude olfateó y examino los
alrededores.
Estaba en una ciudad. Edificios altos,
ladeados, se elevaban a su alrededor. Los edificios estaban ceñidos por
enjambres de insectos de diminutos aviones, y multitud de personas paradas en
caminos móviles. Ellos se veían extrañamente similares, como si hubiera una
sola persona, reflejada una y otra vez, miles de veces. Estaban sin excepción,
inexpresivos. Miraban fijamente a minúsculas cajas con antenas que colgaban de
sus cuellos.
- ¿Me amas? -
preguntó Eva.
- Si y no -
respondió Claude, evasivamente y continuó caminando con paso enérgico.
Entonces él se
detuvo. Ante sus pies había un macizo de dientes de león. Arrancó uno de los
especímenes mas saludables.
Instantáneamente
un aeroplano bajó del cielo y aterrizó a su lado.
La puerta del
aeroplano se abrió. No había nadie adentro.
- ¿Nombre?
- Claude Adams.
¿Y el suyo?
- ¿Dirección?
- En este
momento, me temo que no poseo una dirección permanente para ser localizado.
- Se encuentra
bajo arresto. Estamos reseñándole por un 703-A.
- ¿Un 703-A?
- En efecto. Un
703-A. Curiosidad.
Claude fue
repentinamente incapaz de controlar sus pies que lo arrastraron hacia la
cabina. Se sentó. La puerta se cerró. El aeroplano despegó.
- «¡Yo te
sacare!», - gritó Eva desde muy abajo. - No te preocupes. Hablaré con alguien.
Su voz se apagó
en la distancia.
Retacando hasta
el fondo una cantidad de fuerte tabaco picado - la última de su suministro -
Claude se estiró en la fibrosa camilla e intentó pensar.
Indudablemente
esto era una prisión, aunque no parecía una prisión; no existían barras: solo
un foso poco profundo, fácilmente rebasable; y con un toque decididamente
ascético en los muebles que sugerían el concepto de prisión.
Hubo un
frustrado sollozo.
Claude giró y
vio que no estaba sólo. Un hombre joven sentado en un rincón alejado,
desconsoladamente daba vueltas a un aparato de televisión en blanco.
- ¿Cuál es el
problema? - preguntó Claude democráticamente.
- La televisión
- se quejó hombre. - No funciona. ¿Entiendes? ¡No funciona!.
En ese momento
se escuchó una risa falsa.
Desde otra
esquina un hombre más viejo se levantó. Estaba barbado.
- Nunca
funcionará tampoco - farfulló.
El joven se
volteó hacia el caballero barbudo furiosamente y Claude se apartó,
interrogándose sorprendido. Después que la conmoción murió, le dirigió la
palabra al hombre barbudo.
- Dígame algo
sobre esta civilización. Parezco tener un poco de amnesia.
- Que hay que
decir - el barbudo se encogió de hombros. Cuando los Soberanos vinieron hace
cincuenta años, desde Marte, eliminaron todas las guerras, sufrimientos,
crímenes, enfermedades y quehaceres. Parece que fue el pago por un favor que un
terrestre les hizo una vez. Desde entonces hemos vivido lo mejor y más rico de
la tierra. La Gran Máquina guía el espectáculo.
- ¿La Gran
Máquina?
- Un Mecanismo
altamente Complejo - dijo el hombre barbudo, entusiasmándolo con su tópico. -
Cibernética y todo eso. Ha interceptado los índices neurales de cada ser humano
sobre la Tierra - puede descargar tu cerebro si te sales de la línea. No solo
eso, también sirve como la matriz electrónica de cada estructura en el planeta.
Sin la Gran Maquina, amigo, no existiría una molécula manufacturada lo
suficientemente grande donde escupir.
- Hmmm -
expresó Claude. Siguió pensando.
Eva acudió al
día siguiente. Él detectó sus lentos movimientos a través del suave pasto
verde.
- ¡Eva!
Ella se detuvo
cerca del agua y no miro hacia arriba.
Claude se
precipito al borde del foso
- Eva - gritó -
¿cuáles son las noticias?
- Conseguí
pasar - dijo Eva - Le hable. La Gran Máquina.
- ¡Ah!. ¿Está
aquí, en esta misma ciudad?
- Sí.
- Bien,
entonces. ¿Voy a ser liberado de inmediato?.
Eva tocó con la
punta del pie una margarita. Ella parecía haberse sonrojado
- No, murmuró.
- Ha extendido tu sentencia a noventa años.
Claude se
tambaleó.
- Estás furiosa
- él titubeó. - Te abandoné y esta es tu venganza.
- No - Eva
levantó la cabeza. De sus dos expresiones fundamentales no usó la alegría. - Tu
debes tratar de entender, Claude. Fui a la Gran Máquina. Mis intenciones eran
excelentes. Entonces... algo sucedió. Afinidades químicas, circuitos
engranados. - ¡Oh, no lo sé!.
- ¿Circuitos
engranados?
Eva sonrió,
recordando.
- Soy mecánica
- dijo lentamente. - La Gran Máquina es mecánica. Fue una de esas cosas. Él ha
estado solitario, Claude.
- Suficiente,
no sigas.
Claude saltó el
foso. Agarró por los hombros a Eva.
- ¿Donde está
él?, expresó crispado. - Vamos, se que él está aquí alrededor, en algún lugar.
- Ahí. El
edificio en cúpula en la esquina. Oh, Claude...
Claude se movió
rápido. Su sangre estaba caliente ahora. La Gran Máquina, desde que tenía los
índices neurales de cada persona en la Tierra, no necesitaba guardianes. Claude
entró la Rotonda Central sin dificultades.
La Gran
Máquina, parecida a un gran dínamo, zumbó.
- Máquina -
murmuró Claude - di tus oraciones.
Claude
inspeccionó la máquina. Estaba forjada de materiales pesados. Parecía ser
impenetrable. Zumbó e hileras de luces parpadearon en su cavernoso nicho.
En alguna
parte, debía tener un talón de Aquiles.
Claude aplicó
su experiencia científica al problema y llegó a ninguna parte. Pateó la Gran
Máquina con algo semejante a la desesperación.
Entonces notó
algo extraño flotando directamente sobre su cabeza.
Era Hijo.
- La conexión
eléctrica, Papito - exclamó Hijo.
- ¿Discúlpame?
- La conexión
eléctrica. ¡Jala la clavija!
- ¡Desde
luego!.
La Gran Máquina
envió Vibraciones Sónicas. Eso zumbó y tembló a medida que Claude se aproximaba
a la enchufe. Eso conoció el miedo.
-
Condenadamente astuto - dijo Claude y sacó de un tirón la enchufe.
- ¡Umph! -
gritó Hijo -. ¡Sosténte Papa!.
El mundo empezó
a perder sus soportes. Las cosas fermentaron. Claude se bamboleó y fue
alcanzado por ataques de nausea.
Los edificios
se desmoronaron, con su matriz electrónica destruida.
La gente cayó
en sus caminos, con sus índices neurales disparados.
Claude se
sintió cayendo.
Hubo oscuridad.
Despertó para
encontrarse a sí mismo en las ruinas colapsadas de la ciudad. Una brisa
perezosa empujó arena a través de los montones de chatarra que habían albergado
alguna vez una poderosa civilización.
Había silencio
en todas partes.
Hijo voló a
horcajadas sobre un voluminoso canto rodado y lo detuvo aterrizando al lado de
su padre.
- Mamá esta
aquí - dijo -. Ella te necesita, Papi.
Lado a lado
caminaron hacia un claro rodeados por follaje chamuscado. Eva se sentaba
silenciosamente en un bloque de rota mampostería. Su cara estaba mojada con
lágrimas.
Claude tomó su
mano.
- Eva - exclamó
-. Tu y yo... e Hijo somos ahora la civilización. ¿Entiendes lo que significa
esto?
- Sí.
- ¿Y estás
preocupada?
- Un poco. No
es fácil ser la madre de toda una nueva raza.
- No - concedió
Claude - no es fácil. El trabajo es muy grande para nosotros dos. Nosotros
debemos conseguir una esposa para Hijo. Nosotros debemos concebir una niña.
Hijo sonrió.
Claude cuadró
sus hombros.
Juntos, él y
Eva marcharon hacia los arbustos.
FIN
Traducción y
edición digital
Agujero
Negro-Velero25, Lima, Perú